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Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti

Memoria, arte y política

1.

“¿Por qué estas heridas no cierran, si es propio de las heridas cerrar? Las heridas cierran, antes o después. Ni siquiera la injusticia las mantiene abiertas. & iquest;O acaso puede decirse que están abiertas las heridas por la conquista de América? No, la injusticia se ha renovado, más o menos, sobre los descendientes de aquellas víctimas. No han quedado heridas de la guerra civil española, ni de la segunda guerra mundial. Las guerras no dejan heridas abiertas. Pueden producir otras guerras, pero no mantenerse en suspenso. Las heridas no se heredan, ni se pueden mantener en el tiempo. Si la carne mortificada no muere, entonces sana. No hay tercera opción. Si las heridas permanecen abiertas, es porque la mortificación continua, está presente, ocurre. Por lo tanto, estas heridas abiertas no nos hablan del pasado sino del presente.”

Alejandro Kaufman

Las palabras que presentamos a continuación pueden leerse como bitácora de un período de cambios, como una fotografía obtenida con un prolongado tiempo de exposición que arroja como resultado una imagen movida, un panning. Vivimos, durante los 90 con el menemismo en pleno apogeo, la concreción acelerada de aquello que se había comenzado a diagramar durante los oscuros añ os de la dictadura. Entre 1976 y el 2003 se ejecutó la más brutal transformación social, política y económica que sufriera la Argentina en sus 200 añ os de historia. Como resistencia pero con escasa capacidad de incidencia en las políticas implementadas, la militancia de los organismos y defensores de los derechos humanos, durante el largo tiempo que siguió a la dictadura se pensó por fuera y confrontando con el poder estatal, con ese gobierno cómplice de los poderes económicos y de los genocidas indultados.

El giro operado a partir del 2003, con la llegada del kirchenerismo al gobierno, modificó sustancialmente la escena. El Estado, y no sólo desde el punto de vista económico, volvió a ser un actor social fundamental y, por lo tanto, militantes de derechos humanos e intelectuales, hasta ese momento replegados en la esfera privada, debieron repensar su lugar, ante la posibilidad misma de formar parte de la gestión de gobierno y convertirse en informadores claves de las polí ticas desarrolladas. Es decir: no solamente como empleados de determinadas dependencias burocráticas –encuadre que comprende a todo empleado público-, sino formando parte de un proyecto de gobierno del estado, de un proyecto de gestión.

Si tuviéramos que condensar este pasaje en una imagen podría ser la que conformarían los retratos solapados de la participación en los “escraches” a los represores  o la resistencia a las reformas inmobiliarias sugeridas por el menemismo para el centro emblématico de la dictadura argentina con la ocupación de dicho espacio por parte de la Secretaría de Derechos Humanos y otros organismos vinculados a la lucha por mantener viva la memoria del terrorismo de estado. En este último recorrido se concentra, se vislumbra, la clave de una é poca: el camino que va del denuncismo, el señalamiento y la crítica de los 90, a la gestión de los espacios, a la ocupación de los mismos. Pasamos de estar frente a las rejas pidiendo que la ESMA¹ no se convierta en un parque de diversiones o un exclusivo complejo de departamentos, a tener que pensar qué hacer con ese espacio, cómo asumir ese legado. Ese cambio en el clima de época, habitado en los primeros tiempos por la incertidumbre asociada a algo que comienza a vislumbrarse pero cuya configuración a plena luz todavía no puede preveerse y sin embargo se lo intuye aconteciendo, reanimaba preocupaciones intelectuales que parecían condenadas al olvido: volvía a tener sentido discutir el lugar del intelectual en relación al Estado, se comenzaba a debatir masivamente las formas que debía adoptar la representación de aquel horror radical. En todo caso, lo que resulta a esta altura evidente es que nos encontrábamos frente a un momento nuevo, un momento que merecía escrutarse con otras preguntas y al mismo tiempo que recuperaba tradiciones que parecían sepultadas.

Resulta necesario recordar que el d& eacute;bil marco institucional en el cual se desarrolló eso que llaman “restitución de la democracia” provocó que los debates que habitualmente tienen lugar en los países que sufrieron el nazismo, por mucho tiempo nos resultaron totalmente ajenos. Los debates que se produjeron en la Europa de la posguerra y que volvieron a cobrar vigor luego de la caída del Muro de Berlín, en torno a la “musealización”, y las acciones necesarias para evitar convertir el horror en algo estético, atractivo, visitable, vendible, fueron durante los años 90 en la Argentina apenas una cuestión de gabinete de investigación.

En la Argentina de estos años se ha trabajado para ampliar los consensos sociales que permiten asegurarnos que eso que ocurrió no pase nunca más y la discusión sobre la forma de implementar las políticas públicas tendientes a lograr que aquello no vuelva suceder se han extendido notablemente.

De la discusión sobre qué recordar pasamos a pensar cómo representar y rememorar lo acontecido. En este momento único de la historia se crea éste Centro Cultural para dar cause a este nuevo universo de posibilidades.

2.

“Vengo a pedir perdón en nombre del Estado, por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia.” 

Néstor Kirchner – 2004 – ex ESMA

La conciencia del tiempo, en términos históricos, implica la riesgosa tarea de asumir la responsabilidad por el pasado. Somos nuestro pasado, y la presencia obsesiva de ausencias infinitamente multiplicadas no nos permitiría no dar cuenta de él. Los márgenes de la discusión en el orden del discurso se encontraban hasta hace no mucho tiempo acotados a la puja memoria-olvido. Los promotores del olvido en la Argentina han sido los que cómplices del horror recurrieron a la idea de reconciliación, intentando sustraerse de la responsabilidad por sus acciones pasadas. Optan por el silencio y la amnistía a la profundización de una memoria que pudiera perjudicar su capital simbólico, desocultando su íntima relación con los genocidas. Olvidar, así como recordar, es un gesto de tono claramente político.

La política recoge experiencias del pasado pero mira hacía el futuro comprometida en una imaginación que cree posible. La política es acción, es la proyección del deseo de una nueva forma de ser en el dominio de lo histórico social llevada a la prá ctica. Política y arte comparten la posibilidad de ser potencia creativa y transformadora de la realidad.

El trabajo sobre la memoria tuvo por muchos años en la Argentina la intención de ser contrapartida de una política del olvido hegemónica que propiciaba, como dijimos, la idea de “reconciliación”. Pero la brutalidad y perversidad de los crímenes cometidos por el aparato de Estado sitúa a sus perpetradores y có mplices al margen de toda posibilidad de perdón. No hay retorno del aniquilamiento. Los autores de las desapariciones, que convirtieron a los hombres en anclas en el fondo del mar, han cometido el peor de los pecados: renunciar de antemano al perdón. Al convertir a los hombres y mujeres secuestrados en cuerpos sin sepulcro, sustraídos para siempre del tiempo y de sus deudos, al robar a los hijos de desaparecidos reasignándolos a familias tutelares, tomaron la decisión de apartarse para siempre de todo principio que regule la convivencia social.

3.

“(…) la abundancia de sufrimiento real no tolera el olvido.”

Theodor W. Adorno

“Sólo queda en la memoria aquello que no cesa de doler.”

Friederich Nietzsche

Pensamos este Centro como terreno de pruebas y reflexiones, no sólo en relación con los años ’70, sino también sobre la temporalidad y los diferentes modos de la subjetividad. No lo imaginamos como una institución de fronteras bien definidas, sino como un espacio de construcción permanente de la memoria, abierto al debate y la crítica. Queremos brindar un sitio para pensar la experiencia de lucha y el proyecto regresivo de la dictadura, para procesar la transmisión del trauma social. Nos interesa especialmente la generación nacida después de las víctimas y los victimarios, de los que se implicaron en esa historia y los que pudieron mantenerse indiferentes. En esta perspectiva, con espíritu plural, convocamos múltiples discursos históricos y art& iacute;sticos. Nos motiva el imperativo de poner vida donde hubo muerte.

1 ¿Resulta necesario recordar que hasta el 2004 en la ESMA se alistaban tropas? ¿Que todavía funcionaba, que en sus entrañas se instruía conocimiento naval, que sus pasillos eran recorridos diariamente por las mismas personas que los transitaban durante el genocidio, como si allí no hubiese pasado nada?